lunes, 12 de enero de 2009

Di que sí, de Peyton Reed


Odiado y alabado a partes iguales (diría que en este caso soy de extrema derecha), Jim Carrey es, objetivamente, un magnífico actor. Cuando tiene un buen director, se podría añadir. En Di que sí, frase ya usada para titular un película española con Paz Vega y Santi Millán (ay, estos distribuidores torpones) Carrey interpreta a un ser algo anodino que sufre una transformación radical al formar parte de uno de esos talleres de autoayuda tan típicos en Estados Unidos. En Di que sí ocurre lo mismo que en, por ejemplo, Mentiroso compulsivo; si la obligación de decir la verdad no tenía por qué convertir a Carrey en un bocazas en esta, la obligación de decir sí a todo no tiene por qué convertirlo en un optimista patológico en aquella, hecho que proporciona a la historia los momentos más puramente cómicos. Pero a mí me gusta Di que sí, sobre todo cuando aparece en escena Zooey Deschanel, quien aporta la ternura y la luz de esta película. Y como suele pasarme, siempre me pregunto si esto sería posible en el panorama cinematográfico nacional. La respuesta, como suele pasarme también, es no... y es no porque nunca encuentro en las películas españolas ni el ingenio ni la naturalidad ni la curiosidad ni la variedad ni la precisión de tono con la que están hechas las comedias estadounidenses.

jueves, 8 de enero de 2009

De dibujitos y sandeces animadas


El reino de los chiflados, exótica traducción de Lissi und der wilde Kaiser -Lissi y el emperador chalado-, se alinea junto a la nefasta y hedionda Rh+, el vampiro de Sevilla en las particularidades estéticas y narrativas de la animación europea. Si la ignominiosa película española estrenada en el pasado festival de cine de Sevilla es una vergonzosa sucesión de exabruptos propios del carnaval gaditano, la alemana mantiene un tono igualmente codificado sólo para el público adulto, pero menos cargado de la escatología vomitiva de la cinta local. De hecho, prueba de la ineptitud de los guionistas europeos del cine de animación (si los hubiere), el único infante* de la sala abandonó la proyección, seguramente bien aconsejado por unos prudentes y sabios padres (no me quiero ni imaginar cómo sería la cosa en plena vorágine navideña con la sala abarrotada). Adulterada hasta límites insoportables por el doblaje del aburrido y agotado Florentino Fernández, esta memez germana, que da vergüenza ajena, engarza un esperpéntico rosario de escenitas chistosas sin criterio ni genio que maldita la gracia que tienen.


En el extremo opuesto se sitúa Bolt, impecable ejemplo estético de lo que es una película de dibujitos (en mi calle, algunos niños decían periquitos). Con lagunas en su estructura y una coherencia interna tan endeble como un andamio de plastilina, Bolt es no obstante ingeniosa y graciosa a veces, visualmente notable e inteligible para los niños* (aunque los que hubiese en la sala se dedicaran a jugar entre las butacas), pero sobre todo, producida con criterio y cuidado profesional, mantiene el tono de lo que es y quiere ser. Eso sí, como todas las películas Disney, adolece del aire sensiblero marca de la casa, sin llegar al ataque diabético del numerito musical o la cancioncita moralista.

* Los niños NO DEBERÍAN IR AL CINE. Se aburren, por muy divertidos que sean los dibujitos, y cuesta mantenerlos sentados los noventa minutos escasos que suelen durar estas películas. Así que, NO LLEVEN A LOS NIÑOS AL CINE, salvo que demuestren un coeficiente de inteligencia igual o superior al de un adulto... un adulto con suficiente coeficiente de inteligencia, claro, que hay cada garrulo suelto...

lunes, 5 de enero de 2009

Rocknrolla, de Guy Ritchie


"Conozco un electricista que podría hacerte una copia de eso", dice Leónidas a Thandie Newton en la escena de la que se extracta esta imagen, en uno de los pocos momentos ingeniosos de esta chorrada aburrida y de estructura aparatosa y confusa, en la que lo más nutritivo, y es demasiado decir, es el chiste de encontrarse con el espartano de 300 haciendo de matón requete y a un ruso mafioso que recibe a los londinenses mafiosos en un palco de un estadio de fútbol con nombre demasiado parecido a Abramovich (presidente del Chelsea). Y es que, como decía mi dueña al término de las larguísimas dos horas de cinta, ni siquiera la música es buena. Aún así, en lo títulos de crédito se nos amenaza con una segunda parte. Rediós.

viernes, 2 de enero de 2009

La ola, de Dennis Gansel


Según el IMDB, La ola se basa en una novela que convierte en ficción literaria un experimento educativo nominado muy significativamente tercera ola. Ya vista en el pasado festival de cine de Sevilla, esta revisión ha ratificado mi opinión sobre la película. Se le podría reprochar algún que otro defecto o endeblez estructural, alguna que otra licencia narrativa, pero ninguna de ellas faltas tan graves como para echar abajo una historia que basa su fuerza en el argumento, expresado y definido poderosamente con la mirada del profesor en el último plano de la película.