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domingo, 2 de marzo de 2008

En el punto de mira: películas de idiotas para imbéciles


En el punto de mira es una de las peores películas que he visto en mi vida, maldita la hora en la que me dejé convencer por Álvaro para ir a verla, un tío que se niega a aventurarse con Luz silenciosa. El argumento es muy simple: los Estados Unidos han organizado una invasión de mejicanos musulmanes en España, al menos Salamanca está infestada, para poder hacerse cargo de la seguridad y la retransmisión televisiva de la visita del Águila, del PTE, del gran amo máster del universo señor presidente de los EEUU. Vale, en serio. Durante la visita a Salamanca del presidente estadounidense un comando terrorista asesina a su doble en la plaza mayor de la ciudad. Se inicia una persecución de los malos, que además, con el lío que se monta, secuestran al verdadero mandatario, y finalmente, como no podría ser de otra forma, gana el guardaespaldas heroico, que rescata al presidente y mata al maluto. Los responsables creativos de esta porquería han demostrado cómo se puede llegar a hacer una película de 85 minutos con una historia de 5. Esa tontería de los puntos de vista no es más que una argucia del guionista para dilatar el asunto añadiendo personajes y tramas que se entrelazan. Los defectos, los molestos defectos de esta tontuna son múltiples, desde la nauseabunda repetición del rebobinado de cada uno de los segmentos para cada punto de vista hasta la inútil presencia de personajes como los de Forest Whitaker, Eduardo Noriega, Sigourney Weaver... etc. Con la intención de imprimir cierto nivel de suspense a la estructura narrativa, el director nos sustrae información de la forma más pueril e indecente, es decir, manipulando a su antojo la narración. Si añadimos la poca vergüenza que tiene el departamento de ambientación para hacernos creer que Cuernavaca o Puebla, ciudades mejicanas, son como Salamanca, y que los policías españoles descienden del mismísimo Moctezuma, completamos el cuadro de obscenidades y despropósitos con los que estos maleantes quieren tomarnos el pelo. Voy a terminar con un ejemplo de hasta dónde puede llegar a tocar los huevos la estupidez de los cinefactores de Hollywood; cuando Whitaker le pregunta a una niña cómo se llama, en una escena, como muchas otras, superflua, inútil y ridícula, a uno no le extrañaría nada que la criatura respondiese "Guadalupe, señor, por la virgensita". Pues así, todo lo demás.